DISEÑO

STEFAN DIEZ, POR UN DISEÑO CIRCULAR

Stefan Diez presenta en ISH la nueva grifería Kay para Roca. Hablamos con él sobre la responsabilidad de los diseñadores con una producción más sostenible.

La última vez que hablamos con Stefan Diez en profundidad fue a principios de 2017, con ocasión de la retrospectiva que le dedicaba el museo MAKK de Colonia para celebrar el 15 aniversario de su estudio. Más que un homenaje a su trayectoria, aquella exposición ofrecía la oportunidad de adentrarse en sus procesos de diseño y en la complejidad de su mente creativa, dos activos que, menos de una década más tarde, han consagrado al alemán como uno de los referentes de su generación. Después de habernos cruzado muchas vez en estos años, y de haber sido testigos de su imparable progresión, volvemos a encontrarnos, esta vez durante la feria ISH de Frankfurt, a la que Diez ha acudido para presentar su primera colaboración con Roca, la nueva serie de griferías Kay, diseñada con Madeleine Wieser, que se comercializará en nuestro país el año que viene.

Desde que inicio su carrera a principios de 2000, muchas cosas han cambiado en el mundo del diseño: nuevos valores de sostenibilidad están en la mesa de creadores e industria y la profesión, en general, es más responsable de las consecuencias de su actividad. Stefan Diez ha tenido un papel muy activo en este campo que ha materializado en un manifiesto que sirve de presentación en su página web, una suerte de decálogo que es más bien un aviso a navegantes: una llamada a colaborar solo con quienes sean capaces de compartir las 10 pautas del diseño circular, que para él es el único que tiene hoy sentido, aunque hay que ir más allá.
El objetivo de nuestra conversación era precisamente profundizar en su visión del diseño y conocer su opinión sobre cómo puede el sector enfrentar el futuro en un contexto social y medioambiental tan complejo. Antes de empezar la charla teníamos preparadas una serie de preguntas, pero solo hizo falta la primera para que Diez se arrancara a hablar y nos dejara reflexiones muy interesantes.

Si echas una mirada atrás, a cuando empezaste, ¿cuáles crees que han sido los cambios más importantes?
Al principio, me fascinaba más la combinación entre material y proceso. Como diseñadores, los instrumentos principales en nuestro trabajo son el material y cómo procesarlo, estos parámetros son los que dan forma a un producto. Y creo que la primera parte de mi carrera giró básicamente en torno a ese tema. Como la silla Houdini (e15), la silla Bent (Moroso) o incluso las bolsas para Authentics. Se trataba de modificar el proceso o el material para llegar a expresiones y formas atípicas que aún no conocemos. Por ejemplo, hicimos la silla Chasis para Wilkhahn con chapa. Se podría haber hecho con plástico, pero probablemente no habríamos encontrado esa forma porque precisamente es el resultado del proceso. Y en cierto modo fue un regalo, porque nadie había hecho antes una silla así. Fue impulsada por la investigación en el contexto cambiante entre proceso y materialidad. También, en la búsqueda de mi propio lenguaje como diseñador. Al principio no me atrevía a tener un punto de vista estético fuerte. Necesitaba esa especie de reaseguro de que se trata de un resultado lógico, de una combinación de materialidad y proceso. Esto me hacía sentir cómodo como diseñador y creo que la belleza venía de esa lógica.
Luego, en 2008, llegó una crisis económica y también una crisis con la globalización. En ese momento yo era director de arte de Authentics y sentí que estábamos perdiendo mucha calidad en nuestro trabajo. El diseño es una fuerza de la cultura que intenta remodelar lo que somos, pero nos estamos limitando a reproducir lo que hemos sido. Hice un discurso muy crítico con esto en el que acusaba a la industria de no ser vanguardista y estar ocupada sólo en ganar dinero. Y eso fue para mí un punto de inflexión. Dije: “Está bien, tenemos que ser más responsables en lo que hacemos”. Y me sentía también molesto por la forma en que la producción parecía no tener límite. Todo estaba permitido. De repente, todo se rectificó para ser barato y experimental. Fue una fase en la que volar mucho y telefonear mucho era señal de ser importante. Y de eso no hace tanto, estamos hablando de principios de los años 2000. Y creo que en ese momento empezamos a replantearnos las cosas.

Esto te llevó a enfrentarte con la empresa.
Tuve una gran pelea con Authentics porque intentaba obligarles a retirar toda esta mierda barata de su colección. Les dije: “Vale, trabajemos sólo en nuevos proyectos en los que digamos clara y estrictamente lo que queremos”. Y el argumento del departamento de márketing fue que los productos baratos estaban financiando mis experimentos. Y yo dije: “Joder, no lo quiero”. Y en ese momento mi primera, digamos, declaración fue Papier Bag, que produjo Saskia (su mujer, Saskia Diez), también diseñadora. Ese fue el punto de inflexión. A partir de ahí dije que, cuando los diseñadores influimos en el proceso y en el material, también podemos responsabilizarnos más de cómo se hacen las cosas, no en busca de una nueva forma, sino de ser más sostenibles.
Entonces no lo formulamos muy claramente, pero empezamos proyectos como la colección YARD (Emu) en la que hicimos un gran esfuerzo para lograr algo reemplazable. Cometimos muchos errores porque éramos ingenuos, y seguimos siéndolo, porque lo que estamos haciendo desde hace unos 10 años no está teniendo el efecto que queremos. Somos muy buenos en la producción de diseños que son reciclables, podemos hacerlos de una manera responsable y también sin que sean terriblemente caros. Pero ahora nos enfrentamos al siguiente reto, que es cambiar nuestras circunstancias económicas.

¿A qué te refieres?
Mi trabajo ha cambiado mucho. Y ahora diría que en los próximos años lo que me gustaría averiguar es cómo reescribimos nuestros contratos económicos con nuestros clientes. Porque para mí la clave está en esto. Porque mientras yo firme un contrato en el que gane por cada parada de autobús, estantería, silla que venda, voy a contribuir a que haya más consumo. De momento, creo que está bien. Porque por nuestra parte estamos convencidos de que vendemos buenos productos en el mercado, duraderos, fáciles de reparar… Pero eso es sólo una transición. No podemos hacerlo así los próximos 10 años. Ahora tiene que llegar el momento y decir: “El mercado está lleno de productos, ahora hay que hacerlos circular”. Y ese va a ser el nuevo punto de inflexión. Y es por eso que tengo mis ojos y la mitad de mi cerebro trabajando en dirección a Viena, en la universidad, donde podemos ser capaces de dar un paso adelante. Mis clientes todavía se basan en la economía lineal. Pero la cuestión culturalmente interesante es cómo estamos aprendiendo de esto. Hay empresas como Nornorm que están alquilando muebles de oficina. Tienen una visión interesante porque el replanteamiento de la propiedad o lo que significa puede ser un buen punto de partida. A mis estudiantes a menudo les digo: “Chicos, sé tanto como vosotros. Tenemos que resolverlo juntos”. Y eso, que en cierto modo da miedo, también es súper interesante.

¿La guía de diseño circular que recoges en tu web es un mensaje para tus clientes?
Tenía que ser así, porque al principio los clientes siempre discutían si esto es necesario. Decían: “Vale, mientras no cueste más dinero podemos hacerlo circular o ser sostenibles”. Pero en realidad eso no funciona, porque la circularidad y la reparabilidad no salen gratis. Con la lámpara Ayno (Midgard) conseguimos crear un producto asequible que es fácil de reparar y mantener. Pero esto es una excepción. Muchos otros proyectos todavía no son tan fáciles de reparar. Se necesita una infraestructura. Hay un negocio cuando se trata de muebles caros, por ejemplo, los clásicos del diseño, que se reparan una y otra vez porque son más caros que una versión nueva. Pero ese concepto no funciona para la categoría de productos de nivel de entrada, de precio medio o bajo, que son de gran volumen. Tienen muchas dificultades para convertirse en circulares. Para mí, por ejemplo, IKEA nunca será circular. No tendrá ninguna posibilidad porque su baza consiste en vender aire pulido de forma eficaz. Casi sin material, sólo aire, lo que en cierto modo es bueno porque son eficientes, pero no entrarán en la circularidad.

¿Solo es sostenible comprar caro?

En la región alemana de Suabia hay un dicho muy popular: ‘Somos demasiado pobres para comprar productos baratos’. Es típico de la gente que guarda su dinero y ven como una inversión gastar en cosas caras. Pero para hacer eso, tienes que formar parte de la sociedad privilegiada con liquidez en el punto de venta. De lo contrario, el resto de tu vida gastarás en cosas de nivel de entrada. ¿Y cómo se puede solucionar esto? En el pasado, había conceptos interesantes. Había contratos generacionales. Los padres te mantenían a ti y luego tú mantenías a los padres. Era un tramo más largo que permitía equilibrarlo un poco mejor. No sé. No tengo una solución para muchas de mis preguntas. Pero creo que ya es una buena señal si eres capaz de responder a las preguntas oportunas, es un primer paso para encontrar respuestas. Porque nos ayuda a reunirnos con las personas adecuadas. Estoy absolutamente seguro de que nadie resolverá esto solo. Se necesitan los diálogos adecuados.

Para el cambio de modelo muchos ponen el foco en el tipo de materiales…
Sí, claro que podemos utilizar materiales mejores y más duraderos, pero la mayoría de las veces son raros y más caros. Y aterrizamos en un mundo de lujo que excluye a mucha gente. Una solución podría ser que una empresa que fabrica sillas muy caras, por ejemplo, diga: “Las alquilo”. De esa manera alguien financia los costes de producción durante 20 años y de repente un producto muy caro se vuelve más barato que otro barato.

Pero la alternativa de reducir la producción no funciona para todos.
Es un poco arrogante decir: “Vamos a hacer menos, no hay problema”. Díselo a un joven diseñador que en primer lugar necesita hacer más para entrar en el negocio. ¿Quién hace menos libremente? Pero, en realidad, si vemos la economía en su conjunto, el dinero que giramos puede ser el mismo. Sólo tenemos que reducir la cantidad de productos en este tipo de cosas. El problema es que algunos dependen del consumo que están teniendo ahora. No pueden reducirlo porque están en el límite. Pero otros podrían reducirlo en un 80% y seguirían teniendo más que suficiente. Por lo tanto, la cuestión de la igualdad social está muy ligada a si conseguimos llegar a la circularidad. Al final, será una cuestión de equidad social. Reducir el consumo no interesa a ninguna empresa. Y a ningún diseñador. Decimos eso, pero no es verdad. Podemos intentarlo sólo cuando tenemos un muy buen negocio. Por lo tanto, no es sostenible. Y los que lo tienen tienen la responsabilidad de utilizarlo para replantearse su modelo.

Quizá no se trate de dejar de hacer, sino de ayudar a las empresas a hacer mejor…Hay muchas facetas que pueden ayudar.
Creo que la pregunta a la que tenemos que responder es: ¿Cómo podemos redactar nuestros contratos de forma que se ajusten a todos nuestros clientes y a todas las fases de la cadena de valor? ¿Cómo reescribir mis acuerdos con ellos para cumplir mi parte de la circularidad? No es un tema de diseño, sino económico. Bueno, seguro que yo también me hago muchas más preguntas de las que soy capaz de responder. Pero no tenemos que cambiar nuestro mundo mañana. Y también es importante que empecemos a contar un poco las historias optimistas de éxito. En Europa muchas cosas se están haciendo realmente bien.

¿Encuentras en clientes como Roca esos valores que defiendes?
Las empresas con las que me gusta trabajar son que se hacen las preguntas adecuadas. No las que ya están donde quieren estar. Creo que tiene sentido que un diseñador no se oriente hacia el líder del mercado, conocido por sus buenas prácticas de los últimos 25 años, sino que busque aquellas empresas que trabajan con las personas apropiadas y se plantean las preguntas adecuadas. Laufen y Roca saben que aún les queda mucho camino por recorrer, pero están invirtiendo en la energía correcta. Acabamos de ver que el año pasado inauguraron en Gmunden, Austria, el primer horno eléctrico del mundo para la fabricación de cerámica sanitaria.

¿Cómo es la grifería Kay?
Hemos hablado mucho de concepto y creo que, al final, lo más difícil para nosotros, los diseñadores, sigue siendo hacer cosas muy sencillas. Para ser icónico, un producto tiene que ser simple, pero el mayor enemigo de la sencillez es la banalidad. Este es el reto. Lo que me gusta de este tipo de proyectos de objetos cotidianos es que están muy relacionados con la pregunta ¿cómo cristalizar el momento? Este es el trabajo más difícil, pero también el más satisfactorio: resolver respuestas estéticas. Es algo que a los diseñadores se nos olvida de vez en cuando, que en realidad es con lo que empezamos. Hablamos todo el tiempo de sostenibilidad y de ese material, y de las algas y bla, bla, bla, pero ¿qué aspecto tiene? También me pasa con mis alumnos. ¿De verdad se preocupan por la forma o es algo accidental?
El briefing de Kay era una grifería cuadrada, lo más difícil, porque trabajas con un estereotipo. Intentamos buscar inspiraciones y experimentar con estas superficies contradictorias que son suaves y afiladas al mismo tiempo, como los noráis. Estoy muy orgulloso de la forma en sí, que se sostiene por sí misma, y del asa, que flota sobre ella y no destruye la forma. Cuidamos cada detalle, desde la marca que indica la dirección del agua caliente, y sobre todo, el detalle en el que el asa se une al cuerpo. A partir de ahí desarrollamos un alfabeto para toda la familia que tiene también miembros esculturales. Es gracioso porque lo hace… No, no, es sólo mi perspectiva.

Texto: Pilar Marcos

REPORTAJE COMPLETO EN DISEÑO INTERIOR 382